ORGULLO LATINO

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What is the Leyenda de El Cadejo?

¿Qué es la Leyenda de El Cadejo?


En Costa Rica, un buen susto mantiene a jóvenes y viejos por el camino correcto

Lo que te voy a contar puede parecer fantasía pero ocurrió realmente hace algunos años. Me hizo comprender que las lecciones más importantes en la vida a menudo se disfrazan de eventos que desafían las explicaciones y la lógica.

Acababa de dejar a un lado la adolescencia para adentrarme en un mundo algo mayor y creía que libertad y madurez eran sinónimos.

Vengo de una familia humilde. Nunca tuvimos nada de más pero tampoco nos faltó el pan o el café, aunque solo fuese para engañar al estómago.

En ese tiempo, vivía en la cima de una colina “donde el diablo perdió la chaqueta”, como decimos los ticos. Una de mis cosas favoritas sobre ese lugar era que, como era muy remoto, las luces artificiales de la ciudad no nos afectaban y podías ver claramente las estrellas en la noche. Las noches de luna llena eran espectacularmente bellas ahí.

Mi casa, la última de una hilera de siete, estaba junto a la enorme hacienda de café de Don López, un famoso terrateniente de la zona.

El inicio de mi segunda década fue un poco revoltoso. Dado que venía de un pueblo pequeño y sin mucho que hacer, era natural que sintiera curiosidad sobre lo que el mundo tenía para ofrecer.

Así, curioso por descubrir todo lo que había, mis amigos y yo comenzamos a frecuentar el bar del pueblo vecino, que estaba a unos 20 minutos.

Ahí probé mi primera cerveza y me hice amigo del guaro, como le decimos.

La música era buena también: salsa y merengue sonando en un viejo radio, una reliquia de comienzos de siglo que, milagrosamente, todavía funcionaba.

Ingenuo e inocente, los jóvenes simplemente escuchábamos canciones y nos reíamos hasta que el alcohol en nuestras venas hacía difícil que notáramos la diferencia entre la música y el chisme.

Noche oscura

Entonces, una noche...

Una de esas noches conocí a Antonio. Un hombre delgado, pálido como la leche fresca, con unos ojos tan oscuros y profundos que era difícil distinguir la pupila del iris.

Antonio llevaba una camisa blanca abotonada, que parecía vieja y algo desgastada, y unos pantalones negros que eran quizá un par de tallas más grandes de lo que deberían. También, cojeaba visiblemente con su pierna izquierda.

Antonio era un hombre de pocas palabras pero tenía una rutina muy particular en el bar. Llegaba cerca de las 8 de la noche, se sentaba en el rincón del bar y se tomaba un líquido transparente, agua o algo más fuerte, no sabemos.

Solíamos irnos a eso de las 10 de la noche y él nunca se iba antes que nosotros.

Cuando regresaba a mi casa, mi madre, preocupada, me recibía con oraciones y un regaño. Por supuesto, no le agradaban mis salidas nocturnas y me contaba historias diseñadas para asustar a los niños.

Una noche, todo cambió. Había luna llena. La música era particularmente melodiosa y la bebida especialmente sabrosa. Las risas y las historias hicieron que mis amigos y yo nos quedáramos más tiempo de lo debido.

Vi a Antonio por el rabillo del ojo, como siempre, en su rincón, hasta que el licor hizo que no pudiera ver bien más allá de un brazo de distancia. Después, de pronto, más o menos a medianoche, no lo vi más.

Fue cerca de esa hora que también noté que estaba afuera más tarde que de costumbre y que mi madre estaría en casa preocupada. Me fui del bar sin decir nada, sin despedidas o anuncios.

Perro negro

El Cadejo aparece

Era difícil caminar, el suelo se movía y el aire frío golpeaba mi cuello y mis orejas. La niebla de primera hora de la mañana hacía aún más difícil distinguir el camino, así que era lógico que fuera a tropezar y, cuando levanté la vista, lo vi por primera vez.

Tenía forma de perro, más o menos del tamaño de un hombre, en cuatro patas. Su pelaje era negro como la hora más oscura de la noche y sus ojos rojos brillaban como dos rubíes. De su hocico sobresalían largos y prominentes colmillos.

Un espeso rocío blanco se enroscaba alrededor de sus enormes patas y grandes cadenas de hierro estaban atadas a sus patas traseras. Las arrastraba cuando caminaba... y cuando lo hacía, podía ver que cojeaba del lado izquierdo.

Mi madre me había hablado mucho de este torturador. Le llamaban El Cadejo, el perro del averno, la mascota del mismísimo diablo. Había oído historias que nunca podrían hacer justicia al animal que tenía enfrente, con una mirada triste y pesada y un aullido que helaba los huesos. Ahí estaba, a pocos metros de mí.

Me quedé petrificado. El shock de verlo fue suficiente para despejar cualquier confusión inducida por el alcohol.

En cambio, a diferencia de las historias que contaba mi madre, el enorme perro no intentaba atacarme. Estaba ahí esperando, esperando que no tropezara de nuevo. Su gemido no era de miedo, era de dolor.

Me acerqué a él con una valentía que, hasta el día de hoy, no puedo explicar y cuando lo miré, comprendí quién era: Antonio.

Aquel hombre silencioso y misterioso era la forma humana de El Cadejo y estaba ahí para guiar a los que se habían perdido después de unas copas.

Esa noche de luna llena y perro gigante, El Cadejo con cadenas me acompañó hasta la puerta de mi casa y después, en un abrir y cerrar de ojos, desapareció entre la niebla fría.

Mi madre, que esperaba mi regreso en la puerta, dijo que también lo había visto: el perro del infierno.

Entendí que se trataba de otra cosa: El Cadejo estaba ahí para volver a mostrar el camino a las almas perdidas, para conducirlas sanas y salvas a su destino.

Pasaron los años y conservé mis amistades pero nunca volví a visitar aquel bar. Por extraño que parezca, los vecinos dicen que después de aquella noche al misterioso Antonio tampoco se lo volvió a ver por ahí.

 




Sara Jiménez Molina


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